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ExpedienteEXP. #021
La víctima

Don Leocadio Uriarte

mayordomo de la cofradía de la Virgen Blanca · la plaza de la Virgen Blanca y la torre de San Miguel, en Vitoria, la noche del primer Celedón (1957)

Vitoria ha estrenado fiestas con un vecino nuevo: al caer la tarde, de la torre de San Miguel ha bajado por una cuerda, hacia la plaza de España, un muñeco con blusa y boina al que llaman Celedón; se quedó a medio vuelo, encaramado a un tejado, y a la ciudad le dio igual: media Vitoria jura que el año que viene bajará el doble de gente a verlo. A las diez, la procesión de los faroles ha cruzado el casco viejo como cada víspera de la Virgen desde hace sesenta años: rosarios de cristal encendido, cera y silencio. Tras la Salve en la balconada, los fuegos: un cuarto de hora en que en la plaza no se oía ni al de al lado. Al filo de las seis, cuando la cofradía se juntaba para el rosario de la aurora, el mayordomo don Leocadio Uriarte ha aparecido en la plaza del Machete, a espaldas de San Miguel, frío y caído contra la tapia, con dos heridas de hoja corta bajo el costado y, prendido en la solapa, un lazo de luto descolorido, viejo de muchos años, que nadie le conocía. Hoy iban a imponerle la medalla de la cofradía. El rosario ha salido sin él, y la Virgen Blanca ha amanecido con la plaza dos veces en silencio.

Se abrió el 5 de agosto de 2026
4 sospechosos
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El reparto

Quiénes estaban en la plaza de la Virgen Blanca y la torre de San Miguel, en Vitoria, la noche del primer Celedón (1957) aquella noche. Todos tienen su versión; uno miente.

Braulio Ochandio

tabernero del soportal

Braulio Ochandio heredó de su padre la taberna del soportal y con ella el puesto del vino de las fiestas, que es la mitad de su año en cuatro días. Es hablador, generoso con el fiado y rencoroso con la competencia, de los que se acuerdan de quién les debe un real y de quién les negó un favor. Sueña con poner mesas fijas bajo el soportal y que el ayuntamiento le deje en paz. En la plaza se le quiere y se le teme un poco la lengua, que reparte más que su bota.

Zacarías Elorza

campanero de san miguel

Zacarías Elorza quedó huérfano de niño y lo recogió el sacristán viejo de San Miguel, que lo subió a la torre a los doce años y ya no bajó del todo. Medio siglo después conoce cada toque de memoria y cada teja del casco viejo de vista. Es solterón, de pocas palabras abajo y muchas arriba, donde habla solo con las campanas y los vencejos. La cofradía lo tiene por parte de la iglesia, como el retablo, y él se deja: desde la torre, dice, se ve todo y no se debe casi nada.

Feliciana Garayalde

cerera de la cofradía de la virgen blanca

Feliciana Garayalde nació en un pueblo de la Llanada y bajó a Vitoria de moza a servir. Casó con un oficial cerero de la calle Correría y, al enviudar joven, se quedó con el oficio y con el banco de trabajo, que era más de lo que solían dejarle a una viuda. Desde los años treinta pone la cera de la cofradía —un oficio, el de los cereros, que fue el que la fundó hace tres siglos, y ella no deja que se olvide—: los faroles del rosario, las velas del altar, los cirios de las honras. Es seca, cumplidora y de misa diaria, de las que no faltan a una novena ni regalan una palabra. Enterró pronto más de lo que le tocaba, y de eso no habla.

Prudencia Landáburu

camarera de la virgen y sobrina del mayordomo

Prudencia Landáburu es hija de la hermana del mayordomo, y en la casa siempre se dijo que había salido a la madre, que era la callada. Camarera de la Virgen desde moza, cose y viste el manto, cuida las andas y lleva las cuentas menudas de la cofradía, que su tío firmaba sin mirar. Está casada con un viajante que para poco en casa y no le importa: su casa es la sacristía. Devota de verdad donde su tío era de escaparate, carga con el apellido con más resignación que orgullo.

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