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ExpedienteEXP. #036
La víctima

Gumersindo Osorno

gerente de la fábrica de hielo, hallado muerto en el cuarto de máquinas la madrugada del 22 de agosto de 1902 · la fábrica de hielo de la calle Torneo, en Sevilla, la madrugada del 22 de agosto de 1902, con la ciudad en la peor ola de calor que se recuerda

Sevilla lleva nueve días sin bajar de los cuarenta a la sombra, y ayer el termómetro del Observatorio marcó cincuenta y siete al sol. La gente duerme en las azoteas y en los patios, los que pueden. En el Hospital de las Cinco Llagas hay tres salas con niños de fiebre y diarrea, y desde el lunes no llega hielo suficiente: la fábrica de Torneo produce lo que produce, y lo que produce se reparte. Quien decide ese reparto es el gerente. Al hospital le corresponden ocho barras al día por contrato con la Diputación, y esta semana han bajado a tres. Las otras cinco han salido cada mañana en el carro de los casinos y de las fondas de la Plaza Nueva, que pagan al contado y no piden factura. Esta madrugada, a las cuatro y media, el sereno de la calle oyó el aviso y entró: Gumersindo Osorno estaba muerto en el suelo del cuarto de máquinas, sin una señal encima, y el aire de allí dentro no se podía respirar. La válvula grande del amoniaco estaba abierta de par en par.

Se abrió el 22 de agosto de 2026
4 sospechosos
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El reparto

Quiénes estaban en la fábrica de hielo de la calle Torneo, en Sevilla, la madrugada del 22 de agosto de 1902, con la ciudad en la peor ola de calor que se recuerda aquella noche. Todos tienen su versión; uno miente.

Onofre Cepeda

sereno de la calle torneo

Onofre Cepeda lleva veinte años de sereno en Torneo y conoce cada portal, cada perro y cada horario de la calle. Con esta ola de calor su ronda es otra cosa: la gente duerme en las azoteas y en los balcones, y él va avisando de las horas a media calle despierta. Fue jornalero en la vega antes de entrar de sereno, y de aquello le quedó una desconfianza tranquila hacia los que llevan traje. Tiene la casa llena: mujer, cuatro hijos y una suegra. Le gusta que le pregunten, porque en veinte años ha visto de todo y casi nunca se lo ha contado a nadie que tomara nota.

Práxedes Nadales

la que limpia la fábrica antes del reparto

Práxedes Nadales lleva once años entrando en la fábrica a las cuatro y media de la madrugada, antes de que empiece el reparto, para dejar limpias las oficinas, el patio y la sala de las barras. Vive en la calle Peris Mencheta con una hija y dos nietos, y desde que se quedó viuda hace la misma faena en dos sitios más. Es de las que se saben la vida de todo el mundo porque nadie se fija en la que friega, y de las que no lo cuentan salvo que se les pregunte derecho. Al reloj de la fábrica le da cuerda ella todos los lunes desde el primer día, y lo dice con orgullo de cosa propia.

Trinidad Bocanegra

lleva la báscula y el libro de salidas de la fábrica

Trinidad Bocanegra nació en la calle Torneo, a cien pasos de la fábrica, y se crió dentro de ella: su padre fue el primer maquinista de la casa, de los que montaron la máquina cuando la trajeron de Bélgica, y la llevaba consigo de chica porque en su casa no había con quién dejarla. Aprendió a leer con los rótulos de las llaves. Se casó, enviudó a los treinta y uno y entró a trabajar en la báscula, que es puesto de confianza porque por sus manos pasa el peso de todo lo que sale. Desde junio lleva también el libro de salidas. En la fábrica no se le conoce amistad con nadie, y desde el verano tampoco conversación: entra, pesa, apunta y se va.

Cayetano Rioja

socio de la fábrica y el que lleva las cuentas

Cayetano Rioja entró en la fábrica de aprendiz en la máquina con dieciséis años y acabó comprando una parte cuando la casa se amplió, cosa que cuenta a la primera de cambio y que en Sevilla se le reconoce. Lleva las cuentas, negocia los precios con los casinos y las fondas y se le ve más en la Plaza Nueva que en Torneo. Está casado con una hija del que fue proveedor de carbón y tiene tres niños en los Escolapios. Le gusta el trato, la conversación y que se sepa que él llegó desde abajo; de la máquina presume de que no hay tornillo que no haya tocado con sus manos.

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