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ExpedienteEXP. #024
La víctima

El doctor Máximo Bergara

médico-director nuevo del balneario, muerto la víspera de que la historia pasara por encima de la casa · el balneario de Santa Águeda, en Mondragón, la noche del 7 de agosto de 1897, con don Antonio Cánovas tomando las aguas dos pisos más arriba

El balneario de Santa Águeda duerme mal esta noche, y no por las aguas: don Antonio Cánovas, presidente del Consejo, toma baños en la casa con su señora, hay una pareja de la Guardia Civil en el portal y el hilo del telégrafo lleva una semana ardiendo de prensa. Tras la cena hubo tresillo y tertulia en el salón; el doctor Bergara, el médico-director nuevo, se retiró temprano con su toma de la noche, como siempre. Al alba, la doncella lo ha encontrado frío en su cuarto, con el vaso apurado en la mesilla y un fondo cuajado que nadie ha fregado todavía. El médico de Mondragón, con la casa en vilo y quien está dos pisos más arriba, ha despachado un pasmo del corazón — pero el doctor no tenía el corazón enfermo, y en esta casa lo sabe hasta el mozo del ómnibus. A mediodía, dicen, don Antonio bajará a la galería a leer los periódicos. Nadie mira ya el cuarto del doctor. Queda la mañana para que alguien lo mire.

Se abrió el 8 de agosto de 2026
4 sospechosos
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El reparto

Quiénes estaban en el balneario de Santa Águeda, en Mondragón, la noche del 7 de agosto de 1897, con don Antonio Cánovas tomando las aguas dos pisos más arriba aquella noche. Todos tienen su versión; uno miente.

Fermín Zubiaurre

bañero mayor del balneario

Fermín Zubiaurre entró de mozo de pilas con dieciséis años y lleva treinta durmiendo al olor del azufre. Aprendió el oficio del médico-director viejo, el que recetaba agua, reposo y caldo, y de aquella escuela le quedó una fe de piedra: la casa cura por las aguas o no cura. Conoce cada pila, cada agüista y cada reúma por su nombre, y los veteranos le piden a él la ducha antes que al doctor. Es hombre de misa temprana y pocas palabras, servicial hasta el hueso con los viejos, y de una testarudez que en treinta años ningún director consiguió doblar.

Consuelo Arizmendi

viuda de un agüista muerto en la casa en junio

Consuelo Arizmendi enviudó en junio en el mismo comedor donde ahora cena sola: su Ramón vino a curarse el reúma y se lo devolvieron en un coche fúnebre. Es señora de posibles, de mantilla y rosario, casada treinta años con un almacenista de coloniales de Bilbao al que sobrevive con más rabia que pena. Volvió al balneario en agosto porque, dice, en Bilbao se ahogaba, y porque aquí puede decirle a cada uno, mirándolo, lo que piensa. Su corazón anda delicado desde el entierro y no lo esconde, como no esconde nada.

Leandro Otamendi

fondista y administrador del balneario: las llaves

Leandro Otamendi lleva la fonda del balneario desde que la heredó de su suegro, y este agosto le ha caído encima el verano más grande y más ingrato de su vida: el presidente del Consejo en el piso principal, la escolta en el entresuelo, la prensa pagando cuartos que no hay y el servicio con los nervios de punta. Es hombre de libro de registro y de propina justa, que conoce a cada huésped por la habitación y a cada empleado por sus mañas. Presume de que en su casa no se ha perdido nunca ni una cuchara, y este alba ha comprendido que perder una cuchara no era lo peor que podía pasarle.

Rosario Elizondo

telegrafista del balneario

Rosario Elizondo aprendió el oficio en Correos y Telégrafos de San Sebastián y lleva cuatro temporadas en Santa Águeda, donde el aparato suele dormir la siesta con los agüistas. Esta semana no: con el presidente en la casa, el hilo arde de madrugada y ella duerme a ratos en la silla del cuarto del telégrafo, entre partes de ministros y gacetilleros. Es discreta por oficio y curiosa por naturaleza, una guerra que lleva perdiendo con elegancia: lo que pasa por su mano no lo cuenta, pero lo recuerda todo. Sueña con plaza en una capital y con un aparato Hughes de los nuevos.

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