ExpedienteEXP. #026
La víctima
Lisardo Montes
el señorito que trajo a la imprenta el encargo del manifiesto, muerto en el despacho la madrugada del golpe · una imprenta de un patio de la calle de la Encomienda, en Madrid, la madrugada de la Sanjurjada (10 de agosto de 1932)
La imprenta lleva dos noches trabajando con las persianas echadas: un señorito de guantes, Lisardo Montes, trajo un encargo que no se factura —un manifiesto que había que tener compuesto para cuando sonara la hora— y en la casa nadie preguntó más de la cuenta. Esta madrugada la hora ha sonado torcida: tiros hacia Cibeles, tres horas de estruendo, y con las primeras luces la radio ha dicho que el golpe está deshecho y el Gobierno en pie. En el patio de la imprenta hay un brasero de ceniza donde ardieron los pliegos. Y en el despacho de la regenta está Lisardo Montes, sentado en la silla de las visitas, con un surco fino en el cuello —un cordel que no aparece, y una lazada que sabe a oficio— y los bolsillos vueltos del revés. Nadie en esta casa puede llamar a la policía sin explicar qué se componía aquí esta semana. Lo que haya que averiguar, habrá que averiguarlo de puertas adentro, y antes de que alguien decida que lo mejor es no averiguar nada.
Se abrió el 10 de agosto de 2026
4 sospechosos
Investigar este caso →El reparto
Quiénes estaban en una imprenta de un patio de la calle de la Encomienda, en Madrid, la madrugada de la Sanjurjada (10 de agosto de 1932) aquella noche. Todos tienen su versión; uno miente.
Balbina Peñuelas
regenta de la imprenta
Balbina Peñuelas se casó con la imprenta tanto como con el impresor, y al enviudar se quedó con las dos cosas y con las deudas de las tres. Doce años lleva sacando la casa adelante a fuerza de no dormir: las máquinas renqueantes, los oficiales justos, los encargos que bajan y unos vencimientos que llegan cada trimestre como una fiebre. Es mujer de trato seco y palabra cumplida, que lo mismo cierra un precio que ata una bala de papel, y en el barrio se dice que la imprenta aguanta porque ella no sabe caerse. Del taller conoce cada oficio, y de la calle, cada acreedor.
Amparo Trigo
aprendiza de la imprenta
Amparo Trigo entró en la imprenta a los catorce, de recadera, y se quedó porque aprende más rápido de lo que a algunos les conviene: ya corrige pruebas cuando el corrector no mira y sueña con una linotipia como otras sueñan con un ajuar. Es hija de viuda, hermana mayor de una costurera con la que comparte buhardilla, y tiene la virtud que más se paga y menos se agradece en una casa pequeña: está en todas partes y nadie la ve. Lo oye todo, lo recuerda todo, y hasta esta noche nunca le había pesado.
Salustiano Mediavilla
corrector de pruebas: un señorito venido a menos que sabe latín y ortografía
Salustiano Mediavilla iba para catedrático y se quedó en corrector, que es ir para catedrático sin sueldo ni escalafón. Hijo de una familia que tuvo tierras y pleitos, conserva de aquello el traje bueno, el latín y la costumbre de hablar como si dictara. Corrige para tres imprentas y publica sueltos en la prensa republicana con seudónimo, que el estómago es de izquierdas pero el casero no. En la imprenta lo aprecian porque no desprecia a nadie más que a los autores, y porque cuando hay apuro compone, cose o barre, siempre protestando en subjuntivo.
Críspulo Lodeiro
cajista viejo del taller
Críspulo Lodeiro entró de aprendiz a los doce años y ha compuesto de todo: catecismos, folletines, proclamas y esquelas, que es lo que mejor paga. Es de la CNT desde que había que decirlo bajito, y de los de libro y ateneo más que de pistola: su guerra la libra en la caja, letra a letra, y en no llamar de usted a nadie que no se lo gane. Tiene las manos más rápidas de Madrid a la caja alta y una lengua que solo se afila cuando huele señorito. A la regenta la respeta como se respeta a quien paga puntual, que en estos tiempos es toda una ideología.