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ExpedienteEXP. #009
La víctima

Leopoldo Mansilla

exhibidor y distribuidor, dueño de la sala · un cine de la Gran Vía de Madrid, la noche en que se reestrenó una película prohibida durante cuarenta años

A las once menos cuarto de la noche la Gran Vía sigue llena de gente que no se decide a marcharse: se ha proyectado, por primera vez en cuarenta años, una película que este país tenía prohibida desde antes de la guerra. Dentro, el patio de butacas huele a tabaco frío y las luces están todas encendidas, hasta las de emergencia. En el pasillo estrecho que corre por detrás de la pantalla, al pie de la escalera de caracol que sube a la cabina de proyección, don Leopoldo Mansilla yace boca abajo sobre el cemento, con un brazo doblado bajo el cuerpo y la cabeza abierta contra el suelo. Su cartera está a dos metros, abierta, con los papeles desparramados. Arriba, en el hueco de la escalera, no hay más luz que la que se cuela por la puerta de la cabina. Setecientas personas han pasado setenta y cinco minutos a oscuras a quince metros de aquí, y ninguna oyó nada por encima de la música.

Se abrió el 24 de julio de 2026
4 sospechosos
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El reparto

Quiénes estaban en un cine de la Gran Vía de Madrid, la noche en que se reestrenó una película prohibida durante cuarenta años aquella noche. Todos tienen su versión; uno miente.

Ovidio Peñalver

fue funcionario del ministerio de información y turismo

Ovidio Peñalver nació en Cuenca, hijo de un secretario de juzgado, y llegó a Madrid a estudiar Derecho con una beca y un abrigo prestado. Opositó al Ministerio de Información y Turismo a comienzos de los años cincuenta y allí pasó dos décadas largas en un negociado de despachos con biombo, donde se veían películas por la mañana y se redactaban informes por la tarde. Los compañeros lo recordaban como un hombre gris y puntual, de esos que traen la comida en una fiambrera y no faltan nunca. Tras la reorganización del ministerio pasó a una gestoría de espectáculos donde tramita papeles ajenos por un sueldo modesto. Vive en Argüelles, con una mujer enferma, y va al cine casi todas las semanas.

Herminia Cadenas

distribuidora

Herminia Cadenas empezó en el negocio a los diecinueve años, llevando la contabilidad de la pequeña distribuidora que su padre montó en la calle Luchana con dos películas italianas y muchas deudas. Se quedó al frente cuando él murió y aprendió sola lo que entonces nadie enseñaba: aduanas, aranceles, doblaje y, sobre todo, la paciencia infinita de los pasillos oficiales. En el gremio se la conoce por su terquedad y por una libreta de tapas negras donde anota cada expediente con su fecha y su número. Fuma poco, viste siempre de oscuro y trata de usted incluso a quien conoce hace veinte años. Los exhibidores la temen a la hora de negociar porcentajes y la respetan a la hora de programar.

Sixto Alberdi

proyeccionista de la casa

Sixto Alberdi nació en Éibar y bajó a Madrid de crío, cuando la familia se deshizo tras la guerra. Entró en la sala de la Gran Vía a los catorce años, con el uniforme de acomodador dos tallas grande y una linterna que aún conserva, y a los veintitantos lo subieron al cuarto de proyección porque era el único que no se dormía en la sesión continua. Desde entonces no ha trabajado en otra cosa. Conoce cada zumbido de las máquinas y guarda en una libreta cuadriculada las averías de treinta años, con la fecha y lo que costó arreglarlas. Es hombre de pocas palabras hasta que se le pregunta por su oficio; entonces no calla. Vive solo, encima de una taberna de Chamberí.

Loli Bragado

corresponsal en madrid de una agencia de prensa del otro lado del telón

Loli Bragado nació en Valladolid y estudió Filología Eslava en una época en que aquello sonaba a excentricidad o a algo peor. Empezó traduciendo catálogos industriales y acabó de ayudante en la corresponsalía madrileña de una agencia de prensa centroeuropea, donde lleva tres años firmando teletipos sobre huelgas, elecciones y colas de ministerio para lectores que no sabrían situar Madrid en un mapa. Se mueve por la ciudad con una gabardina que no se quita ni en julio y una libreta de anillas siempre a medio llenar. Tiene fama de puntual, de escéptica y de preguntar dos veces lo mismo con otras palabras para ver si le contestan distinto. No bebe, fuma sin descanso y cena casi siempre de pie en la barra de un bar de Argüelles.

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