ExpedienteEXP. #010
La víctima
Jordi Aymerich
jefe de producción de la ceremonia inaugural · las tripas del Estadi Olímpic de Montjuïc durante la ceremonia de inauguración de los Juegos de Barcelona, la noche del 25 de julio de 1992
Arriba, el estadio entero canta y los altavoces retumban en el hormigón; aquí abajo, en el pasillo de bastidores, huele a sudor, a tela nueva y a algo quemado. El cuerpo de Jordi Aymerich está al pie de la escalera, doblado sobre el primer peldaño, con la mano derecha todavía cerrada sobre la barandilla metálica y las dos palmas negras. La manga de la camisa se le ha chamuscado hasta el codo. El walkie, apagado, ha rodado hasta la pared. Nadie ha oído nada: durante veinte minutos, entre la flecha y los fuegos, este pasillo fue lo único vacío de Montjuïc. Y nadie puede salir del recinto hasta que arriba se apague el último cohete: hay sesenta y cinco mil personas en la grada y el mundo entero mirando.
Se abrió el 25 de julio de 2026
4 sospechosos
Investigar este caso →El reparto
Quiénes estaban en las tripas del Estadi Olímpic de Montjuïc durante la ceremonia de inauguración de los Juegos de Barcelona, la noche del 25 de julio de 1992 aquella noche. Todos tienen su versión; uno miente.
Reyes Tortosa
jefa de seguridad del recinto
Reyes Tortosa venía de una empresa de vigilancia de polígonos cuando entró en el estadio, y en quince años pasó de hacer noches en una garita a llevar la seguridad entera del recinto, cosa que en su gremio y en su época no le regaló nadie. Es de las que se aprenden los planos de memoria, cuentan las salidas de emergencia dos veces y desconfían por sistema de todo el que lleve prisa. Sus hombres la respetan y la temen a partes iguales: no levanta la voz salvo cuando algo se sale del procedimiento, y entonces se oye en tres pasillos. Fuera del trabajo es aficionada al ciclismo y madruga los domingos para subir a Collserola, único rato de la semana en que no lleva un aparato de radio encima.
Mila Santacana
voluntaria de vestuario
Mila Santacana estudiaba tercero de Filología cuando vio el anuncio y se apuntó de voluntaria sin decírselo a nadie en casa, convencida de que no la cogerían. Lleva desde mayo en el estadio, primero contando trajes en un almacén sin ventanas y después al frente del pasillo de vestuarios, donde ha aprendido a coser un dobladillo en noventa segundos y a distinguir a ochocientos figurantes por el número cosido en la espalda. Es habladora, entusiasta y absolutamente incapaz de guardarse una impresión para sí misma; sus compañeras de turno bromean con que se entera de todo antes que nadie porque nunca se aleja de un aparato de radio a mano. Sueña con dedicarse a la enseñanza y con volver a algo, lo que sea, que se parezca a este verano.
Quique Balaguer
pirotécnico
Quique Balaguer se crió entre tracas y castillos en un pueblo del Penedès donde el negocio familiar montaba las fiestas mayores de media comarca, y a los quince años ya cargaba carcasas en la furgoneta de su padre. Aprendió el oficio a base de pólvora, verano tras verano, y de ahí saltó a los espectáculos grandes: mascletás, cabalgatas, aniversarios de ayuntamiento. Es hombre de pocas palabras y muchísimas manías, obsesionado con el orden de su material y con la costumbre de contarlo todo tres veces antes de dar por bueno un montaje. Lleva desde la primavera instalado prácticamente debajo de la grada del estadio, durmiendo a ratos en un catre del almacén de atrezo, y en los descansos se le ve fumando junto a la puerta de carga, siempre solo.
Òscar Prims
realizador de la señal internacional
Òscar Prims entró en televisión por la puerta de servicio: empezó como eléctrico en unos estudios de Miramar, subiendo focos a las parrillas y aguantando bromas de los cámaras, y solo al cabo de una década consiguió que le dejaran sentarse a mirar los monitores. De ahí a la mesa de realización pasaron otros tantos años de partidos de segunda, galas de fin de año y programas de sobremesa que nadie recuerda. Es meticuloso hasta lo insoportable, se sabe de memoria el número de cada cámara y tiene fama de gritar en el pinganillo y disculparse después. Presume poco de su carrera pero mucho de sus manos, y le gusta contar que sigue siendo el único realizador de la casa capaz de arreglar él mismo lo que se estropea.