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ExpedienteEXP. #028
La víctima

Aniceto Rojas

escribiente de la Comandancia, muerto en la trastienda la noche antes de la batalla · una casa de comidas de Intramuros, en Manila, la noche del 12 al 13 de agosto de 1898

Manila lleva tres meses cercada, sin cable con Madrid desde mayo —cortado el hilo, nadie sabe aquí lo que se firma allá— y a la ciudad ya no le entra ni arroz ni noticias. En la casa de comidas de la calle Real, que da de cenar a medio Intramuros porque es la única que aún tiene fuego, esta noche se sienta gente que no se sienta junta: escribientes de la Comandancia, un practicante del hospital, la que sirve las mesas, un cabo de guardia. Todos han oído lo mismo esta tarde y ninguno lo dice en voz alta: que mañana habrá batalla, y que la batalla está hablada. Que se disparará hacia donde no hay nadie, que la bandera bajará a una hora convenida y que solo se muere el que tenga mala suerte. Aniceto Rojas, escribiente, llevaba en el bolsillo un papel que decía cuánto y a qué hora. Al cerrar la casa lo han encontrado en la trastienda, entre los sacos vacíos, estrangulado con un cordel de atar fardos, y el bolsillo por dentro. Nadie ha tocado nada: no consta siquiera si llegó a defenderse. Mañana, a las nueve, empieza el simulacro. A las nueve nadie va a preguntar por un escribiente.

Se abrió el 12 de agosto de 2026
4 sospechosos
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El reparto

Quiénes estaban en una casa de comidas de Intramuros, en Manila, la noche del 12 al 13 de agosto de 1898 aquella noche. Todos tienen su versión; uno miente.

Sabino Ubiedo

cabo de la guarnición

Sabino Ubiedo llegó de quinto desde un pueblo de Soria hace cuatro años, con la instrucción justa y una carta de su madre que aún lleva en el bolsillo. Ha hecho el cerco entero comiendo lo mismo que la tropa y durmiendo peor, y ha subido a cabo porque los que estaban delante fueron muriendo. Es callado, cumplidor y más listo de lo que aparenta: se ha enterado de casi todo lo que pasa en Intramuros sin preguntar nunca. De la guerra no habla; de volver, tampoco, porque hace meses que dejó de creérselo. Le tiene ley a la dueña de la casa de comidas, que le fía desde el primer mes.

Baltasara Cuyugan

sirve las mesas en la casa de comidas y vive fuera de la muralla

Baltasara Cuyugan nació en Binondo, de familia de tenderos, y sirve mesas en Intramuros desde los quince años porque dentro de la muralla se paga mejor y se come igual de mal. Habla tagalo con su gente y castellano con los clientes, y de tanto ir y venir por la puerta ha aprendido a mirar sin que la vean, que es la única forma de andar por esta ciudad siendo de fuera. Es despierta y de risa fácil, y guarda para sí una opinión bastante formada sobre los señores a los que sirve. Con el cerco ha visto a la casa dar de comer a gente que antes no la miraba.

Eulalia Berdejo

dueña de la casa de comidas de la calle real: la que compra

Eulalia Berdejo llegó a Manila de recién casada, hace treinta y un años, detrás de un marido que vino a hacer las Américas por el lado de allá y se murió de cólera antes de hacer nada. Se quedó con una casa de comidas y un niño de pecho, y ha sacado las dos cosas adelante guisando para quien pagara: frailes, escribientes, sargentos y, cuando aprieta, para quien no paga. Sabe de precios, de fiados y de a quién se le da de comer sin cobrar. Es seca de trato y larga de mano, de las que no se sientan nunca, y en el barrio se dice que lleva la casa como una cantina de cuartel: sin ternura y sin fallar un día.

Domingo Berrocal

practicante del hospital de san juan de dios: cura

Domingo Berrocal nació en Cavite, hijo de un practicante peninsular y una mujer de Kawit, y aprendió el oficio a los pies de su padre antes de tener edad para el título. Lleva ocho años en San Juan de Dios, donde ha visto pasar el cólera, el beriberi y ahora el cerco, y donde hace de médico cada vez que no hay médico. Es rápido de manos, guasón con los enfermos y áspero con los que mandan; sabe que en esta ciudad su apellido le abre puertas y su cara se las cierra, y lleva años en ese filo sin quejarse en voz alta. Del hospital dice que se sostiene con hilas viejas y buena voluntad.

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