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ExpedienteEXP. #030
La víctima

Ambrosio Vinatea

corredor de lonja jurado, hallado al pie de la escalera nueva con la cabeza rota · la Casa Lonja de Sevilla, la noche del 13 al 14 de agosto de 1598, antes de que se negocie en ella por primera vez

Catorce años lleva levantándose esta casa, y mañana a la primera hora se negocia en ella por primera vez. La mandó hacer el rey para quitar a los mercaderes de las gradas de la catedral, donde se ha vendido América a voces durante ochenta años entre pordioseros, perros y responsos: aquí un cajón numerado para cada casa de trato, corredores jurados, y todo lo que se hable, escrito. El rey que la mandó hacer se está muriendo en El Escorial y no la verá. Esta tarde se repartieron por suerte los cajones y se entregaron las llaves; a la queda, el portero cerró la puerta de la calle y en la casa no quedó nadie, o eso creía él. Al abrir, con el alba, Ambrosio Vinatea, corredor de lonja jurado, estaba al pie de la escalera nueva con la cabeza rota y un charco ya seco. Tenía encima la bolsa con nueve reales y la llave de su cajón, y nadie le había tocado nada. Se registró el patio entero antes de que entrara la gente y no apareció con qué se lo hicieron. Vinatea no escribía nunca: llevaba ochenta años de gradas en la cabeza, quién debía a quién y a nombre de quién iba cada partida, y por eso se le creía. Si esto sale a la calle, mañana no se abre, el cabildo de la catedral tendrá su razón para que todo vuelva a los escalones, y el asistente empezará por los de las gradas, que es por donde se empieza siempre. Los del Consulado han mandado que no se abra la puerta hasta que se sepa quién ha sido.

Se abrió el 14 de agosto de 2026
4 sospechosos
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El reparto

Quiénes estaban en la Casa Lonja de Sevilla, la noche del 13 al 14 de agosto de 1598, antes de que se negocie en ella por primera vez aquella noche. Todos tienen su versión; uno miente.

Gonzalo Marmolejo

cargador a indias con casa de trato propia: fleta

Gonzalo Marmolejo es hijo y nieto de mercaderes, y el primero de su casa que ha tenido que pedir prestado para armar una flota. Se crió entre los escalones de la catedral y la Casa de la Contratación, sabe de fletes, de seguros y de a quién hay que convidar, y lleva tres años en el filo desde que le llegó vacía una nao que venía llena. Es cordial, rápido de palabra y de esos que dan la mano con las dos manos; los de su edad recuerdan que antes reía más. Le ha tocado por suerte uno de los cajones buenos, cosa que cuenta más veces de las necesarias, y anda estos días con una alegría que le dura hasta que se queda callado.

Lucrecia Espinal

alquila los banquillos y las esteras de las gradas: los reparte al amanecer

Lucrecia Espinal heredó de su padre veinte banquillos, ocho esteras y el derecho a ponerlos en un tramo concreto de los escalones, que en las gradas es una propiedad tan seria como una viña. Los reparte al amanecer, los cobra al mediodía y los recoge al anochecer, y en medio se pasa el día de pie oyendo cerrarse tratos por encima de su cabeza. Tiene dos criaturas, una madre en la cama y una memoria de camarera: se acuerda de quién se sentó dónde hace tres años. Es risueña y bien hablada con todos, y sabe que eso vale más que los banquillos.

Bernarda Tinoco

corredora de oreja de las gradas: no jura

Bernarda Tinoco nació en Triana y cruzó el río de niña, detrás de una madre que vendía agua en los escalones. Enviudó joven de un calafate y desde entonces se ha ganado la vida en las gradas de la catedral con lo único que no se le puede quitar a nadie: saber quién quiere qué y quién lo tiene. Conoce a todo el que ha pisado esos escalones en treinta años, a los padres de los que ahora mandan y las deudas de los que ahora presumen. Es seca, cortés con los señores y de memoria larguísima, y tiene por costumbre no sentarse nunca en el mismo escalón dos días seguidos, que dice que trae mala suerte.

Julián Alanís

portero y llavero de la casa nueva: cierra a la queda

Julián Alanís fue catorce años mozo de la obra de esta casa, subiendo sillares y aprendiendo los nombres de las piedras, y cuando se acabó le dieron la portería porque no había otro que se la conociera igual. Sabe cuántos escalones tiene cada tramo y por dónde entra el agua cuando llueve de levante. Es hombre de pocas palabras y mucho orden, orgulloso hasta lo pesado de una casa que considera medio suya, y lleva desde ayer con las llaves colgadas al cuello sin quitárselas ni para dormir. Al muerto lo encontró él, y desde entonces no se ha sentado.

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