ExpedienteEXP. #003
La víctima
Ramiro Cabral
dueño de la bodega · bodega de Jerez
La nave de fermentación huele a mosto detenido y a gas. Sobre la pasarela metálica, a las nueve y cuarenta y cinco minutos de la noche, Ramiro Cabral yace de espaldas junto a la boca de un depósito de acero inoxidable. No hay heridas, no hay señales de lucha, y el extractor de aire lleva tiempo parado. El silencio que ocupa la nave es el mismo que se respira en el patio, donde los invitados de la feria siguen bebiendo sin saber nada.
Se abrió el 18 de julio de 2026
5 sospechosos
Investigar este caso →El reparto
Quiénes estaban en bodega de Jerez aquella noche. Todos tienen su versión; uno miente.
Sagrario Puerto
enóloga
Sagrario Puerto llegó a la bodega Cabral como auxiliar de laboratorio poco antes de cumplir los veinte años, y en las cuatro décadas transcurridas desde entonces se convirtió en la nariz más respetada de aquella casa. Con el título de enóloga obtenido a fuerza de estudiar de noche y catar de día, conocía cada bota, cada criadera y cada solera como si fueran parientes con los que hubiera compartido mesa toda la vida. Su carácter era el de quien ha aprendido a no tener prisa en un oficio donde el tiempo lo decide casi todo, y jamás le tembló la voz para recordarle a la propiedad que el vino no entiende de apellidos. Vestía siempre bata blanca abrochada hasta el cuello y guardaba en el bolsillo un catavinos de plata que, según decía con media sonrisa, había sobrevivido a tres generaciones de listos con corbata.
Casimiro Lobato
venenciador
Casimiro Lobato entró como aprendiz en las botas de Cabral a los catorce años, recogido por el abuelo del actual dueño cuando ya campaba solo por las calles de Jerez. En cuatro décadas largas de oficio, aquel chiquillo descalzo se convirtió en el venenciador de la casa, el hombre que recibe a compradores y visitantes en la nave de crianza con la venencia en alto y el brazo firme como una vara de hierro. Su carácter, curtido en silencio entre soleras y criaderas, es de pocas palabras y mucha observación: conoce cada rincón de la bodega mejor que quienes despachan en las oficinas y no consiente que nadie le explique cómo respira un vino. Los demás lo respetan con esa mezcla de admiración y cautela que inspiran los veteranos insustituibles, y aunque Sagrario Puerto discute a veces sus criterios de cata y Tino Ferreiro le rehúye la mirada cuando hay que mover bocoyes, todos saben que sin Casimiro la bodega perdería el pulso.
Elo Guzmán
lleva la exportación
Elo Guzmán era el responsable de exportación de Bodegas Cabral, un puesto al que llegó tras una década larga escalando en el departamento comercial de la firma. Nacido en el Puerto de Santa María en una familia sin tradición vinatera, estudió comercio exterior y se curtió en consignatarias antes de que Ramiro Cabral lo fichara para abrir mercados que la bodega ni siquiera se había planteado. Su carácter era de una eficiencia cortante y telefónica: despachaba asuntos con el móvil pegado a la oreja incluso cuando el aparato no sonaba, gesto que en él era ya pura forma de estar en el mundo. Dentro de la casa lo respetaban por las cifras, aunque su manera de medirlo todo en cajas y pedidos le granjeaba un trato distante con quienes, como Sagrario Puerto o Casimiro Lobato, habitaban la bodega desde el lado de la solera y la artesanía.
Tino Ferreiro
mozo de bodega
Tino Ferreiro entró en la bodega de los Cabral como mozo de carga, un oficio que heredó de su padre, tonelero en Chipiona, y que él mismo desempeñó antes en una bodega menor de Trebujena. Aprendió pronto que en aquel mundo el silencio y los brazos valían más que cualquier opinión, de modo que se acostumbró a trabajar con la cabeza gacha y los oídos despiertos, contando las horas por el golpe de las botas contra el albero. Tenía un carácter retraído que algunos confundían con hosquedad, aunque en realidad obedecía a la certeza de que allí dentro nunca terminaría de ser de los suyos. Se sabía de memoria el nombre de cada bota, el peso de cada caja de botellería y el tono exacto en que Casimiro Lobato le pedía que arrimase el venenciador, y con eso le bastaba para sentirse parte del engranaje sin esperar más de lo que el día le daba.
Rosalía Cabral
sobrina del dueño
Rosalía Cabral era la sobrina del dueño de la bodega y quien desde hacía una década llevaba la administración diaria de la casa, tras haber regresado de Madrid con un título de secretariado y poca paciencia para las ambigüedades. Se ocupaba de los libros de asiento, los albaranes y la correspondencia, pero también de recordar a su tío las cuentas pendientes y de poner orden en las costumbres más arraigadas de la familia. Su carácter, entre la ironía y la eficacia, le había granjeado fama de seca entre los demás, aunque Sagrario y Elo sabían que bajo esa coraza se escondía un apego profundo a la bodega. Con Casimiro mantenía un trato de respeto antiguo y silencioso, y con Tino Ferreiro, el mozo, una paciencia escasa pero justa, como quien ha aprendido que las cosas en aquella tierra se hacían despacio o no se hacían.