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ExpedienteEXP. #006
La víctima

Onofre Salcedo

el que puso el dinero · el Café de Fornos, la noche de su inauguración

El Café de Fornos huele a barniz fresco y a puro recién encendido la noche de su estreno. El terciopelo rojo de los divanes aún guarda los pliegues del tapicero y en la barra de caoba se apilan las copas sin estrenar. A las once y cuarto de la noche, en el reservado del fondo, Onofre Salcedo yace sobre la mesa con los dedos laxos junto a una copa de licor bebida hasta la mitad. El cuerpo no presenta herida alguna, ni un hilo de sangre, ni la señal de una lucha.

Se abrió el 21 de julio de 2026
4 sospechosos
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El reparto

Quiénes estaban en el Café de Fornos, la noche de su inauguración aquella noche. Todos tienen su versión; uno miente.

Emeterio Prida

fundador del café de fornos

Emeterio Prida llegó a Madrid desde Santander con veintitrés años y un concepto del oficio de hostelero que no se parecía al de ningún otro. Había aprendido el gusto en los cafés de París y Viena durante una juventud viajera financiada por su familia de harineros montañeses, y a su regreso se propuso trasladar aquella elegancia a la capital sin pedir disculpas por el lujo. Concebía Fornos como una criatura de mármol, bronce y cristal biselado, y repetía a quien quisiera oírlo que él ponía la idea, el gusto y el nombre, mientras que el capital era un simple trámite que otros podían despachar con un talonario. Dirigía las obras con una exigencia que agotaba a los artesanos, revisaba personalmente la curvatura de los veladores y elegía las arañas de gas una a una en los talleres de la calle Atocha, convencido de que aquel salón no era un establecimiento de hostelería, sino el lugar donde España iba a pensarse a sí misma entre espejos y terciopelo. La noche de la inauguración recorría la sala con la satisfacción íntima de quien ve terminada una obra largamente soñada, atendía a los periodistas señalando cada detalle con un gesto de la mano y, sin apartar la vista de las molduras del techo, se declaraba incapaz de entender el éxito o el fracaso en términos de caja, porque aquello, para él, era sencillamente una cuestión de civilización.

Casilda Prado

cupletista

Casilda Prado, conocida en los escenarios como «la Golondrina», era una cupletista de renombre que había pisado los teatros más exigentes de Barcelona, La Habana y París antes de recalar en Madrid. Llegó al Café de Fornos de la mano de Emeterio Prida, quien la cortejó durante semanas para que encabezara el cartel de la noche inaugural, aunque fue Onofre Salcedo quien finalmente cerró el trato con una cifra que ella juzgó aceptable para lo que consideraba un favor a un local de estreno. Tenía por costumbre no ensayar más de lo indispensable y aparecer siempre la última, convencida de que su sola presencia bastaba para imponer el silencio en la sala. En el trato diario alternaba una franqueza cortante con arrebatos de simpatía generosa, sobre todo con la cocinera Remedios, a quien elogiaba los pucheros como no elogiaba a ningún colega de profesión.

Nicanor Ruano

camarero del café

Nicanor Ruano era un camarero de los de toda la vida, de los que empezaron en fogones ajenos siendo poco más que un chaval y se curtieron en media docena de casas de postín antes de recalar en Madrid. Llegó al Café de Fornos recomendado por el encargado del Suizo, donde había pasado los últimos siete años, y lo hizo con esa mezcla de discreción y oficio que tanto valoraba Emeterio Prida en sus empleados. De natural reservado y pulso imperturbable, se movía entre las mesas con la bandeja siempre a plomo y la mirada baja, aunque nada escapaba a sus apuntes mentales: sabía quién prefería el café con una gota de leche fría, a quién había que servir el coñac sin preguntar y qué conversaciones convenía no haber oído jamás. Se entendía bien con Remedios Cabo, la cocinera, con quien compartía el hábito de trabajar hablando lo justo, y trataba con cortesía impecable a Casilda Prado cuando esta bajaba al salón, sin permitirse nunca la menor familiaridad con los artistas.

Remedios Cabo

cocinera de la gala

Remedios Cabo era una cocinera viuda que llegó a Madrid desde un pueblo de la Alcarria, donde aprendió el oficio entre pucheros de abuela y matanzas. La trajo al Café de Fornos el propio Emeterio Prida, que había probado sus guisos durante un viaje de caza y supo que aquel temperamento seco y aquella mano firme eran lo que necesitaba para los fogones del nuevo establecimiento. Desde que tomó posesión de la cocina, doña Remedios impuso una disciplina de hierro que no distinguía entre marmitones y proveedores, y se ganó fama de no dejarse ver en el salón ni para recibir cumplidos. Trataba con Casilda Prado cuando la cupletista pedía algo ligero antes de cantar, y con Nicanor Ruano a la hora de cuadrar comandas, pero su mundo acababa en el umbral de la batería de cobre y el fogón de carbón.

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