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ExpedienteEXP. #029
La víctima

Jerónimo Ozcáriz

escribano de la medida, hallado al alba boca abajo en el limo de la punta, atravesado en la raya · la isla de los Faisanes, en el Bidasoa, la noche del 12 al 13 de agosto de 1659, víspera de la primera conferencia

Veinticuatro años lleva corriendo la guerra por debajo de este río, y mañana a las diez empieza a acabarse. En una isla de arena de doscientos pasos que no es de España ni de Francia, sino de las dos a la vez, se han levantado dos tiendas y en medio una sala, y por el suelo de esa sala pasa la raya: cada corona en su mitad, mesas del mismo largo, los mismos escalones, los mismos tapices contados uno a uno. Aquí una pulgada de más es una ofensa, y una ofensa cuesta otros veinticuatro años. Don Luis de Haro vendrá de Irún, el cardenal de San Juan de Luz, y ninguno de los dos pondrá un pie antes que el otro. Esta noche en la isla no quedaba más que la gente de la obra: el aposentador que responde de todo ante Madrid, la que cose los reposteros, la que tiene a su cargo la ropa de estrado y el batelero que lo trae y lo lleva todo. Al clarear, una oficiala de la costura bajó a por agua y encontró a Jerónimo Ozcáriz, escribano de la medida, boca abajo en el limo de la punta de aguas abajo, ahogado en un palmo de agua y atravesado en la raya: la cabeza de un lado y los pies del otro, según quién mida. Lo sacaron entre varios, pisando el barro, con el agua ya bajando. El libro de la medida, que no soltaba ni para dormir, apareció sobre el arca de su tienda: bajó a la punta sin él, y nadie sabe a qué. A las diez llegan los señores; si esto sale de la isla no hay conferencia, y si no hay conferencia, el que la rompió tiene nombre y apellido. Don Alonso ha mandado que no se cruce el puente hasta que se sepa quién ha sido.

Se abrió el 13 de agosto de 2026
4 sospechosos
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El reparto

Quiénes estaban en la isla de los Faisanes, en el Bidasoa, la noche del 12 al 13 de agosto de 1659, víspera de la primera conferencia aquella noche. Todos tienen su versión; uno miente.

Úrsula Garmendia

a su cargo está la ropa de estrado: manteles

Úrsula Garmendia entró de lavandera en la casa de un veedor de Irún con catorce años y acabó llevándole la ropa blanca a media villa. Cuando llegó la obra de la isla se ofreció ella misma, porque pagaban en plata y porque quería verlo. Tiene buena mano con el almidón, mejor con la gente, y una curiosidad que no disimula: se ha aprendido los nombres de los carpinteros de las dos orillas y sabe cuál de los ujieres se duerme de guardia. Habla con todos y no se pelea con nadie, que en una obra de cinco semanas es una forma de sabiduría.

Graciana Berastegui

maestra de los reposteros: dirige a las oficialas que cosen y cuelgan los tapices y las armas de la sala

Graciana Berastegui aprendió a coser reposteros con su madre y se casó con un carpintero de ribera que le duró siete años. Enviudó el año del sitio de Fuenterrabía, con dos criaturas y el taller a medias, y desde entonces ha cosido escudos, doseles y paños de estrado para entradas, funerales y bodas, que en el fondo llevan los mismos hilos. Manda a sus oficialas con una voz que no necesita subir y tiene por costumbre no dar puntada sin haber contado antes el hilo. De la guerra habla poco, y siempre de lo que costó; de la paz que se firma mañana dice que llega con veintiún años de retraso para su casa.

Joanes Olaizola

batelero del paso del bidasoa: pasa gente

Joanes Olaizola nació de padre batelero y de madre nacida donde ahora dicen que es Francia, que en la muga es cosa corriente y no le había parecido rara a nadie hasta que vinieron a preguntárselo señores de Madrid. Lleva treinta y siete años de remo, con guerra y sin ella, y una embarcación remendada tres veces que fue de su padre. No sabe leer ni falta que le hace, según él, y de lo que se habla en las tiendas dice que no es cosa suya. Es de pocas palabras, de risa corta y de mano dura para amarrar, y tiene primos, ahijados y una hermana enterrada a un tiro de piedra de aquí, del otro lado de una raya que hasta anteayer no era más que una manera de hablar.

Alonso Terreros

aposentador de la parte española: ha levantado la tienda

Alonso Terreros lleva veintidós años poniendo casa a quien manda: jornadas reales, entradas de embajadores, túmulos y estrados. Sabe cuántos clavos lleva una tarima, lo que cuesta un tapiz de doce paños y a qué hora hay que empezar a mentir para que una obra esté a tiempo. Vino de Valladolid con una cédula, tres carpinteros y una lista, y se encontró una isla de arena que se moja dos veces al día y un plazo de cinco semanas. Es cortés, minucioso y de dormir poco; se le conoce que ha envejecido en esto porque mide las cosas dos veces y sonríe una.

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