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ExpedienteEXP. #005
La víctima

Damián Rueda

abogado matrimonialista · un despacho de la Gran Vía, el día que salió la ley del divorcio

El despacho 307 de la Gran Vía huele a café recalentado y a colonia densa, de la que se queda en los sillones. Sobre la mesa de caoba, un cenicillo rebosante y el BOE abierto por la página que parte en dos la historia de media España. Abajo, en el fondo del hueco del ascensor, entre cables tensos y polvo de obra, el cuerpo de Damián Rueda yace con la corbata aflojada y un zapato perdido.

Se abrió el 20 de julio de 2026
5 sospechosos
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El reparto

Quiénes estaban en un despacho de la Gran Vía, el día que salió la ley del divorcio aquella noche. Todos tienen su versión; uno miente.

Marisol Ferrer

mujer de la víctima

Marisol Ferrer era la esposa de Ventura Salgado desde hacía más de dos décadas, un matrimonio que había transitado del afecto inicial a una coexistencia formal y distante dentro de un amplio piso en el barrio de Salamanca. Sin oficio remunerado, pues se había dedicado por entero al hogar y a la representación social que exigía la carrera de su marido, se movía por el despacho de la Gran Vía con la familiaridad silenciosa de quien conoce cada rincón y cada tensión no dicha. Su carácter, templado por años de escuchar discursos ajenos, se manifestaba en una parquedad que no era timidez sino economía de esfuerzo, y en una costumbre de sostener la mirada que algunos interpretaban como desafío y otros como una forma serena de exigir igualdad. Aquella mañana, ajena a la expectación general por el Boletín Oficial, observaba el ir y venir de clientas como Genoveva Alcántara y las atenciones de la secretaria Puri Lastra con la misma calma con que aceptaba las preguntas del pasante Tomás Bea, como si todo aquel trajín forense fuera una escena ya vista demasiadas veces.

Ventura Salgado

socio del despacho

Ventura Salgado fue el socio encargado de la mesa patrimonial del despacho, donde desde los años cuarenta se habían redactado capitulaciones, herencias y compraventas para la burguesía madrileña. Hijo de un notario de Cuenca, entró como pasante con veintidós años y jamás se marchó, hasta convertirse en el guardián minucioso de los aranceles, los saldos y las cuentas de provisión de fondos. Su carácter era el de un hombre metódico y poco dado a las novedades, que recibía a los clientes de toda la vida con un trato casi familiar y miraba con recelo cualquier asunto que alterase el pulso sosegado de la oficina. En aquel tiempo compartía el bufete con Damián Rueda, a quien respetaba por su talento para la controversia aunque nunca acabara de entender del todo aquella vocación suya por el pleito conyugal.

Puri Lastra

secretaria del despacho

Purificación Lastra, a quien todo el mundo llamaba Puri, llevaba el despacho de la Gran Vía como quien lleva una casa propia desde que entró como mecanógrafa veinte años atrás. Había llegado desde un pueblo de Ciudad Real con dieciocho años y una recomendación de don Ventura Salgado, que era primo lejano de su madre, y con el tiempo se convirtió en la sombra eficaz y discreta que todo bufete de postín necesitaba. Conocía cada expediente, cada rencor conyugal y cada confidencia que se filtraba por las puertas de caoba, y jamás soltó una palabra de más fuera de aquellas paredes, aunque dentro tampoco necesitaba hablar para que los clientes supieran que lo sabía todo.

Tomás Bea

pasante

Tomás Bea era un joven recién licenciado en Derecho por la Universidad Complutense que entró como pasante en el bufete de Damián Rueda por recomendación de un primo segundo de su madre, funcionario en el registro civil. Su padre, fallecido dos años atrás, había sido procurador de los tribunales y le dejó en herencia un par de trajes de corte anticuado que él llevaba a diario sin demasiada convicción, las mangas un poco cortas y los hombros ligeramente caídos. Su labor en el despacho consistía en fotocopiar expedientes, llevar escritos al juzgado y preparar café cuando Puri Lastra andaba muy atareada, tareas que cumplía con una diligencia silenciosa y cierta resignación juvenil. Don Damián apenas le dirigía la palabra más que para apremiarle, y él se consolaba pensando que aquel trajín sin gloria era el peaje obligado para hacerse un nombre en la abogacía.

Genoveva Alcántara

clienta

Genoveva Alcántara regentaba una mercería en la calle del Pez, un negocio heredado de su madre que le había permitido mantenerse por sus propios medios desde que su marido la abandonó para irse a Venezuela con otra mujer. Su carácter, forjado en nueve años de papeleos inútiles y ventanillas cerradas, era el de quien ha aprendido a no esperar nada de nadie y a celebrar las victorias pequeñas con una ironía seca y resignada. Aquella mañana de 1981 se había plantado en la Gran Vía antes de que abrieran el portal, con el impreso ya relleno y una carpeta de gomas donde guardaba todas las negativas judiciales acumuladas desde 1972. En el despacho de Damián Rueda la conocían bien: era la clienta que llamaba cada primero de mes para preguntar si había novedades legislativas, y a la que Puri Lastra, la secretaria, siempre recibía con un café de sobre porque sabía que venía desde su tienda sin desayunar.

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