ExpedienteEXP. #008
La víctima
Anselmo Verdete
comisario regio de la nueva Montaña de Covadonga · el refugio y la venta del lago de Enol, la noche de la declaración del primer parque nacional de España
La noche huele a hierba mojada y a sidra derramada. En el llano del lago de Enol aún cuelgan los farolillos de la romería de la Magdalena, encendidos sobre la plaza de la venta, y al otro lado del agua se apagan los últimos cantos. A un cuarto de hora por la senda, al pie de la canal de la Requexada, yace el comisario Anselmo Verdete con la ropa empapada de rocío, bajo un pretil de madera cuya cuerda de seguridad cuelga cortada. En el cruce, el farol está apagado, y la luna no llega a aquel tramo.
Se abrió el 23 de julio de 2026
4 sospechosos
Investigar este caso →El reparto
Quiénes estaban en el refugio y la venta del lago de Enol, la noche de la declaración del primer parque nacional de España aquella noche. Todos tienen su versión; uno miente.
Rodrigo Antuña
guarda mayor de caza del concejo
Rodrigo Antuña era el guarda mayor de caza del concejo desde hacía treinta años, cargo que heredó de su padre y que ejercía con la autoridad de quien se considera a sí mismo parte del paisaje. Conocía cada senda, cada majada y cada paso de la montaña como la palma de su mano, y presumía de que en su territorio no se movía un rebeco sin su consentimiento. Los vecinos lo respetaban y lo temían a partes iguales, porque su palabra pesaba más que la del alcalde en todo lo que oliera a monte, y él se encargaba de que así se supiera. Con la llegada del proyecto del parque había visto crecer la papelera sobre su mesa —expedientes, catálogos, la comisaría regia de un señor de Oviedo— y la comentaba en la venta con el desprecio de quien cree que los papeles nunca podrán con la costumbre. Trataba a Aurelia Camblor con la confianza del cliente de toda la vida y a los forasteros, fueran botánicos o comisarios, con la distancia cortés que se reserva a quien viene de paso.
Aurelia Camblor
dueña de la venta del lago
Aurelia Camblor regentaba la venta del lago de Enol desde que enviudó, veintitantos años atrás, y la había convertido en el punto donde la comarca entera se reunía a comer caliente, comentar el tiempo y arreglar los asuntos del concejo. Hija y nieta de venteros, sostenía que una venta de montaña no era un negocio sino un deber, y actuaba en consecuencia: nadie subía con frío y salía de su casa sin caldo. Guardaba la despensa como una farmacia, con su bidón de aceite para los faroles de las sendas y una copia de cada llave útil del llano, por si el guarda andaba fuera cuando hacía falta algo. Detrás del mostrador se enteraba de todo sin preguntar apenas, porque los pastores, los guardas y los señoritos de la ciudad hablaban delante de ella como si fuera parte del mueble, y ella tenía la costumbre de no olvidar nada de lo que oía.
Ceferino Jove
botánico de oviedo
Ceferino Jove era un botánico de Oviedo, formado entre el herbario de la universidad y las excursiones por la cordillera, que había llegado al lago de Enol comisionado para catalogar la flora de la futura Montaña de Covadonga. Se movía por el llano con la libreta de campo colgada del cuello y la lupa en el bolsillo del chaleco, capaz de arrodillarse media hora ante una saxífraga y de no ver en cambio una discusión a diez pasos. Los lugareños lo miraban con la indulgencia que se reserva a los locos inofensivos, y Aurelia Camblor le guardaba siempre un plato caliente porque, decía, quien se olvida de comer por mirar flores no puede ser mala persona. Su memoria de flora iba a ser la pieza científica del expediente de declaración, y esa noche la leyó ante el notario con la solemnidad de quien cree participar en un hecho histórico, que era, pensaba él, lo único memorable que estaba ocurriendo en el llano.
Benigno Trueba
guía de montaña y gaitero
Benigno Trueba era guía de montaña y gaitero, dos oficios que en el llano de Enol se llevaban en la misma chaqueta. De rapaz había subido aquellas peñas persiguiendo rebecos, y de mayor se ganaba el pan subiendo a los forasteros que llegaban de Oviedo y de Madrid con botas nuevas y aliento corto. En las fiestas del concejo no faltaba nunca su gaita, y se jactaba de que un gaitero no puede esconderse, porque se le oye y se le ve desde cualquier rincón de la plaza. Conocía a todos los del llano y trataba a cada uno según su medida: con respeto al guarda, con confianza a Aurelia, a quien ayudaba en las romerías, y con curiosidad a los sabios como Ceferino Jove, cuyas plantas le parecían una manía tierna. De la montaña decía que te enseña a no mentir, porque el que miente en la senda se lo cobra ella, tarde o temprano.