ExpedienteEXP. #001
La víctima
Elvira Randón
notaria · pazo gallego
El pazo se alza sobre la ladera con la piedra oscurecida por la humedad del invierno. En la biblioteca, donde aún humea una taza de tila a medio beber, el cuerpo de Elvira Randón yace junto al bargueño de caoba. Los ventanales reflejan la quietud de los jardines vacíos, y sobre la mesa de lectura el reloj de péndulo marca las once menos veinte de la noche.
Se abrió el 16 de julio de 2026
3 sospechosos
Investigar este caso →El reparto
Quiénes estaban en pazo gallego aquella noche. Todos tienen su versión; uno miente.
Roque Vilar
capataz del pazo
Roque Vilar ejerció durante más de tres décadas como capataz del pazo de los Randón, adonde llegó siendo poco más que un mozo enviado desde la parroquia vecina de Barbantes para ayudar en la siega. Su carácter reservado y su costumbre de responder con monosílabos o con los ojos fijos en sus propias manos le granjearon fama de hombre difícil, pero también de absoluta lealtad a la propiedad que gobernaba. Desde el alba supervisaba las faenas del campo y la cuadra con una autoridad que no necesitaba alzar la voz, y los sucesivos dueños aprendieron a no pisarle la bodega ni cuestionarle los proveedores. Con la señora Elvira mantuvo siempre un trato correcto en lo formal y distante en lo personal, como correspondía a quien conocía cada rincón del pazo mejor que sus propietarios pero jamás franqueó la raya que separaba el servicio de la familia.
Mara Randón
hermana de la víctima
Mara Randón era la farmacéutica de la villa, la menor de las dos hermanas que heredaron la botica familiar cuando sus padres se retiraron al pazo. Se había formado en Santiago y luego regresó al pueblo con el título bajo el brazo y una paciencia minuciosa para los ungüentos y las fórmulas magistrales que su hermana Elvira, con su carrera de leyes, nunca tuvo tiempo de aprender. En la rebotica atendía a todo el mundo con una calma sonriente, y era frecuente verla preparar tisanas para la cocinera Xoana Ferro o sacar una pizca de alcanfor para los dolores de espalda que Roque Vilar, el capataz, arrastraba desde la cosecha del cincuenta y siete. Solía decir que la botica era su sitio natural, un lugar donde cada dolencia tenía su remedio y cada vecino su historia, y a nadie extrañaba que siempre ofreciese una silla y un vaso de agua antes de despachar cualquier receta. Sin el carácter tajante de Elvira ni su ambición, Mara se movía por la vida con la certeza de quien ha aceptado su lugar sin amargura, y en el pueblo la tenían por mujer afable y de pocas palabras, de esas que sonríen antes de responder y nunca parecen tener prisa.
Xoana Ferro
cocinera
Xoana Ferro entró a servir en el pazo con apenas veintidós años y desde entonces gobernó los fogones con la autoridad silenciosa de quien conoce cada rincón de la casa y cada hábito de sus moradores. Viuda de un marinero de Muxía que no volvió, encontró en la cocina un refugio y una atalaya desde la que, con el pretexto de fregar o disponer fuentes, lo escuchaba todo sin que nadie reparase en su presencia. Su discreción era legendaria en la comarca —jamás repitió una palabra oída—, aunque en la intimidad del office se permitía comentar, con sorna resignada, que en aquella familia los asuntos graves siempre se despachaban a media voz y con el doble de filo del que aparentaban. A lo largo de nueve años se convirtió en una institución del pazo, tan imprescindible como invisible, y su juicio sobre el carácter de los Randón se fue afinando a fuerza de ver platos intactos, portazos y visitas inoportunas.