ExpedienteEXP. #031
La víctima
Eugenio Palomeque
maestro de la pasta, hallado al amanecer en la boca del horno, ahogado por el humo · la Real Fábrica de Porcelana del Buen Retiro, «La China», la noche del 14 al 15 de agosto de 1812
Hace dos días que se rindió la guarnición francesa del Retiro y esta fábrica cambió de dueño sin que nadie de dentro lo eligiera. Cincuenta y dos años lleva La China haciendo para el rey una porcelana que en Europa no saben imitar, y su pasta es secreto de Estado: la sabe hacer un hombre, la tiene escrita un cuaderno, y no hay más. Ahora la fábrica está artillada por fuera, con centinelas ingleses en la tapia, y ha llegado la orden: cuando toque, se vuela entera con lo que quede dentro, que un fuerte en mitad de Madrid no lo quiere nadie. Aquí no queda más gente que la de siempre, la que no se fue: el que enciende el horno, la que manda en la sala de pintura, la que guarda los moldes y un guarda viejo que entró de mozo con Carlos III. En la plaza andan levantando el tablado para jurar la Constitución, que se pregona para pasado mañana, y aquí dentro nadie ha dormido. Al amanecer encontraron a Eugenio Palomeque, maestro de la pasta, caído en la boca del horno, con la cara negra y sin una herida: el registro de la chimenea estaba cerrado y el hogar encendido, y a un hombre en esa cueva con el tiro cerrado el humo se lo lleva en un credo. El cuaderno de la pasta apareció en su sitio de siempre, en la alacena de la sala de moldes, cerrado y sin tocar. Si esto sale por la tapia, entran los ingleses, y detrás el gobernador nuevo, que a los que se quedaron sirviendo a los franceses los está fusilando sin preguntar dos veces. Aquí dentro se han quedado todos, y de aquí no sale nadie hasta que se sepa.
Se abrió el 15 de agosto de 2026
4 sospechosos
Investigar este caso →El reparto
Quiénes estaban en la Real Fábrica de Porcelana del Buen Retiro, «La China», la noche del 14 al 15 de agosto de 1812 aquella noche. Todos tienen su versión; uno miente.
Petronila Isasi
manda en la sala de pintura: dorados
Petronila Isasi es hija de un pintor de abanicos y entró en la sala de pintura de niña, a rellenar hojas mientras otros ponían el contorno. A los veinte pintaba figuras y a los treinta mandaba la sala, cosa que no le perdonaron dos o tres. Ha pintado servicios para mesas donde no la dejarían sentarse y sabe exactamente cuánto valen, porque los ha visto pagar. Desde que la casa dejó de cocer se ha buscado la vida pintando cajas y miniaturas por encargo, y tiene la costumbre, que aquí no gusta, de hablar con quien haga falta para no quedarse en la calle.
Manuela Cifuentes
guarda la sala de moldes: los yesos
Manuela Cifuentes entró en la fábrica de vaciadora y acabó al cuidado de la sala de moldes, que es donde está la memoria de la casa: cada figura que se ha hecho aquí en cincuenta años tiene su yeso y su número, y ella se los sabe. Duerme entre ellos desde que se quedó sin casa en el invierno del hambre, y desde entonces recogió también a la niña de la sala de pintura, que se quedó sin madre el mismo mes. Es serena, ordenada y de risa fácil con la chica; con los demás habla lo justo y observa mucho.
Gervasio Cañamero
el que enciende: cuarenta y tres años al pie del horno grande de la china
Gervasio Cañamero entró en la fábrica con once años, acarreando leña, y lleva cuarenta y tres al pie del horno. Sabe por el color de la llama lo que marcaría un termómetro si aquí hubiera termómetros, y presume de que en veintidós años no se le ha malogrado una cochura por su culpa. Es callado, terco y de una limpieza maniática con sus herramientas, que cuelga siempre en el mismo clavo y en el mismo orden. Tiene dos hijos varones que aprendieron con él, enviudó pronto y no ha salido del Retiro más que para enterrar. De la casa habla como se habla de una persona mayor que está enferma.
Wenceslao Buendía
guarda de la fábrica desde el reinado de carlos iii: abre
Wenceslao Buendía entró de mozo en La China siendo casi un niño y ha visto la fábrica en sus tres tiempos: el de las grandes hornadas para el rey, el de las vacas flacas y este, el de la artillería en el jardín. Duerme en el portalón sobre un jergón, con una escopeta que no carga desde hace años, y conoce a todos los que han pasado por la casa, incluidos los muertos. Es de una cortesía anticuada, habla despacio y se le llenan los ojos con facilidad desde que llegó la orden. Su mujer murió el invierno del hambre y no le queda nadie fuera de esta tapia.