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ExpedienteEXP. #004
La víctima

Aurelio Bardají

hospitalero del albergue · albergue del Camino, en O Cebreiro

En O Cebreiro, la niebla se pega a las piedras antes de que anochezca. El albergue huele a caldo y a leña mojada cuando los peregrinos se sientan a la mesa. A las nueve, desde el patio se oye la voz de Aurelio Bardají alzarse en la cocina. A la mañana siguiente, con la puerta aún cerrada por dentro, su cuerpo aparece rígido en el porche, envuelto en la helada de la sierra.

Se abrió el 19 de julio de 2026
4 sospechosos
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El reparto

Quiénes estaban en albergue del Camino, en O Cebreiro aquella noche. Todos tienen su versión; uno miente.

Celsa Mouriño

hospitalera voluntaria

Natural de Sarria, donde regentó durante décadas una ferretería que heredó de su padre, Celsa Mouriño descubrió el Camino ya jubilada, cuando una amiga la convenció para hacer una etapa y sintió que aquello le devolvía un propósito. Viuda desde los cincuenta y pocos y con dos hijos asentados en A Coruña, decidió emplear los inviernos en su casa del pueblo y los marzos en O Cebreiro como hospitalera voluntaria, empeñada en que nadie le pagara un céntimo por algo que, según repetía, hacía porque le daba la real gana. Su trato era seco y sin concesiones, pero los peregrinos que se detenían a charlar con ella descubrían pronto que bajo aquella coraza de mujer de mostrador había un conocimiento minucioso de cada recodo de la sierra y una memoria prodigiosa para las caras que subían a pie.

Ferran Bosch

peregrino

Ferran Bosch ejerció durante más de treinta años como contable en una gestoría del barrio de Sants, en Barcelona, hasta que la jubilación le dejó un hueco que llenó con la lectura meticulosa de guías del Camino y un entrenamiento progresivo por los alrededores del Tibidabo. Era un hombre de costumbres precisas que medía las etapas con la misma exactitud con que había llevado los libros de IVA, y gustaba de enumerar los kilómetros recorridos, los pueblos atravesados y los precios de los menús con una puntillosidad que a algunos compañeros de etapa se les antojaba fatigosa. Su trato con los demás peregrinos oscilaba entre una cordialidad de oficina y cierta suspicacia de veterano prematuro, convencido de que el verdadero mérito del Camino se revelaba en las ampollas y no en las intenciones. Con los hospitaleros mantenía una deferencia casi reglamentaria, de quien respeta la autoridad del que sella la credencial, aunque le incomodaran los horarios estrictos y la escasez de enchufes para cargar el teléfono.

Chelo Aguirre

peregrina

Chelo Aguirre había sido maestra de escuela en un pueblo de la ribera navarra, y al jubilarse, en lugar de quedarse entre geranios y partidas de cartas, se calzó las botas y se echó al Camino. Viuda desde los cincuenta y tantos y con los hijos lejos, decía que la vocación de andar le había venido tarde pero con la fuerza de toda una vida de estar quieta. En los albergues era conocida por su paso menudo y constante, por llegar siempre la última y por no quejarse jamás, ni siquiera cuando el barro de Galicia le empapaba los calcetines hasta el alma. Desde Roncesvalles no se había saltado una sola etapa, convencida de que el Camino no era una carrera sino una conversación larga con una misma, y solía decir que los jóvenes que la adelantaban al alba se perdían lo mejor del paisaje por mirar solo el suelo.

Iker Zubiri

peregrino joven

Iker Zubiri era un joven de Vitoria que había terminado la carrera de Ingeniería Informática dos meses atrás y, en lugar de incorporarse al mercado laboral, decidió calzarse las botas y echar a andar hacia Santiago sin un motivo claro que supiera explicar a su familia. Llegó a O Cebreiro en una tarde de niebla espesa, con la ropa limpia y la mochila demasiado nueva, lo que delataba su inexperiencia en el Camino a ojos de los veteranos. En el albergue se mantenía apartado, contestaba con monosílabos a las preguntas de la hospitalera Celsa Mouriño y rehuía las conversaciones de sobremesa que animaban Ferran Bosch y Chelo Aguirre, como si las palabras de los demás le pesaran más que los kilómetros. Durante su estancia se le veía a menudo en el exterior, apoyado en el muro de piedra que mira al valle, con la mirada fija en un punto que no parecía estar en el paisaje.

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