ExpedienteEXP. #007
La víctima
Fulgencio Pujante
contratista de suministros del ejército · el Casino Español de Melilla, la noche del desastre de Annual
El salón principal del Casino Español de Melilla es aún un hervidero de voces y humo de tabaco cuando el reloj de pared marca las doce y diez de la noche. Sobre el tapete verde de la mesa del rincón, junto al ventanal que da al puerto, el cuerpo de don Fulgencio Pujante yace desplomado hacia delante, la mejilla derecha contra el paño, los dedos aún curvados junto a la copa de coñac sin terminar. No hay sangre, no hay señal de lucha, no hay testigos que recuerden haber visto acercarse a nadie a su mesa en la última hora. El parte del desastre de Annual sigue corriendo de corrillo en corrillo mientras el contratista de suministros del ejército, inmóvil y ya ajeno al pánico, empieza a enfriarse.
Se abrió el 22 de julio de 2026
4 sospechosos
Investigar este caso →El reparto
Quiénes estaban en el Casino Español de Melilla, la noche del desastre de Annual aquella noche. Todos tienen su versión; uno miente.
Baldomero Chacón
apoderado del contratista
Baldomero Chacón fue durante tres lustros el apoderado de Fulgencio Pujante, contratista de suministros de la Comandancia General de Melilla. Hijo de un tenedor de libros malagueño, aprendió el oficio en una corresponsalía de ultramarinos antes de recalar en la plaza, donde don Fulgencio supo ver en él una cabeza fría para los números y una discreción a prueba de sobresaltos. Llevaba los balances, las facturas y los albaranes con una pulcritud que rayaba en lo maniático, y en los círculos del Casino se le tenía por un hombre que jamás alzaba la voz ni dejaba una cuenta sin cuadrar. Su trato con la oficialidad era correcto y distante, como correspondía a quien manejaba cifras que convenía no airear, y con los camareros del Casino mantenía la familiaridad precisa de quien ocupa una mesa arrinconada noche tras noche.
Evaristo Cambil
médico militar
Evaristo Cambil nació en la península, en el seno de una familia de tradición castrense, y tras cursar la carrera en la Facultad de San Carlos se incorporó al Cuerpo de Sanidad Militar, que lo destinó a la plaza de Melilla pasada la treintena. Su consulta en el hospital militar y los reconocimientos a la tropa en los acuartelamientos le curtieron en un trato escueto y una mirada clínica que pocas cosas conseguían alterar. En el Casino Español se le veía a menudo al término de la jornada, casi siempre solo, con el periódico doblado sobre la mesa y una copa de anís que apenas cataba, como quien cumple un rito antes que un gusto. Hablaba poco y en voz baja, pero cuando algún socio requería su opinión sobre cualquier dolencia o asunto de la plaza, respondía con frases cortas y exactas que no dejaban resquicio a la réplica.
Aurora Vidal
corresponsal de un diario de madrid
Aurora Vidal había llegado a la redacción de El Heraldo de Madrid casi por accidente, cuando el director, amigo de su padre, le encargó traducciones del francés y acabó descubriendo en ella un olfato para la noticia que ninguno de sus redactores titulares poseía. Llevaba dos años cubriendo la campaña del Rif desde la península, recomponiendo los partes oficiales con cartas de soldados y confidencias de aduana, hasta que el desastre de Annual la empujó a cruzar el Estrecho sin más equipaje que una máquina de escribir portátil y una acreditación que en Melilla miraron con sorna. En el Casino Español se movía como quien ha aprendido a hacerse invisible en las sobremesas cargadas de humo, escuchando lo que los oficiales y los contratistas soltaban cuando el coñac les aflojaba la lengua y olvidaban que había una mujer en la sala. Su carácter era de una eficacia cortante, sin contemplaciones para la galantería de salón ni para las evasivas de quienes confundían el periodismo con la indiscreción femenina.
Nicasio Bermejo
camarero del casino de toda la vida
Nicasio Bermejo era natural de Almería y entró a servir en el Casino Español de Melilla siendo poco más que un muchacho, cuando el edificio aún olía a cal nueva y los socios fundadores despachaban sus asuntos entre partidas de dominó. Con los años se convirtió en el camarero de más antigüedad de la casa, un hombre enjuto y silencioso que conocía los hábitos de cada socio como quien conoce las manías de su propia familia. Se movía entre las mesas sin ruido, reponiendo copas y recogiendo cenizas, y tenía la discreción por oficio y por temperamento: jamás repetía lo que oía, y solo hablaba cuando algún parroquiano le dirigía la palabra con verdadera insistencia. Para los señores del casino, Nicasio era una presencia tan previsible como el zumbido de los ventiladores, alguien que estaba sin estar, y a cuya pericia debían el que nunca les faltara el hielo picado en las noches de calor ni una botella del reserva que prefería el coronel de turno.