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ExpedienteEXP. #014
La víctima

Bonifacio Escalante

tasador que levantaba el acta del inventario del convento · el convento de San Bernardino de Almazán, desamortizado, la noche del inventario previo a la almoneda

A la una y veinte de la madrugada la iglesia del convento de San Bernardino huele a cera fría y a polvo removido. Los bancos están arrimados contra los muros, los santos envueltos en sacos y numerados con tiza, y en el crucero, donde el pavimento se abre en sepulturas de piedra, una losa de casi un palmo de grueso yace de plano sobre el cuerpo de don Bonifacio Escalante. Llevaba días levantada y apoyada de canto contra el pilar; ahora está caída, y por debajo de su borde asoman las hojas cosidas del acta del inventario, con el tintero volcado a un lado y el candil apagado a dos varas. Mañana a las diez se abre la almoneda. Sobre la mesa de la sacristía siguen esperando, sin tasar, las últimas partidas.

Se abrió el 29 de julio de 2026
4 sospechosos
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El reparto

Quiénes estaban en el convento de San Bernardino de Almazán, desamortizado, la noche del inventario previo a la almoneda aquella noche. Todos tienen su versión; uno miente.

Fructuoso Zaldívar

prestamista de la villa

Fructuoso Zaldívar hizo su primer dinero comprando trigo verde a los labradores de la ribera y revendiéndolo en agosto al triple, y desde entonces no ha dejado de prestar sobre lo que sea: mulas, tercias, casas y, cuando la guerra apretó, hasta el aceite de las lámparas. Nacido en una familia de tratantes sin apellido, lleva quince años dando adelantos a los conventos de la comarca con la discreción de quien sabe que un fraile no puede protestar una letra. Viste mejor de lo que la villa le perdona y habla del ministro y de la deuda pública con una familiaridad que a los señores de toda la vida les revuelve el estómago. Es cortés, rápido con los números y absolutamente incapaz de disimular cuánto le divierte que el mundo antiguo se venda al peso.

Escolástica Torrijos

demandadera del convento: cuarenta años llevando el torno y la portería sin haber pisado la clausura

Escolástica Torrijos llegó a la portería de San Bernardino siendo una moza viuda con dos hijos que no sobrevivieron al invierno, y en cuarenta años no ha traspasado una sola vez la puerta reglar. Su oficio consistía en comprar, recadar y filtrar: el pescado del viernes, las cartas del obispado, los mendigos de la sopa y las visitas inoportunas pasaban todos por sus manos. De tanto estar entre dos mundos aprendió a hablar con los señores sin bajar la cabeza y con los pobres sin subirla, y a callar en el momento exacto. La villa la tiene por la memoria viva de la casa, capaz de recordar en qué año se cambió la campana y quién pagó el arreglo. Tiene mal genio, buen humor seco y una lealtad tozuda al edificio.

Higinia Berlanga

perita de pinturas traída de la capital para tasar tablas y retablos antes de la subasta

Higinia Berlanga se crió entre bastidores y molduras en el taller de restauración de su padre, un dorador que trabajó para media docena de parroquias de la corte, y aprendió a distinguir un temple de un óleo antes que a coser. Cuando las juntas de enajenación empezaron a necesitar gente capaz de poner precio a lo que salía de los conventos, su nombre circuló entre comisionados como el de alguien barato, rápido y sin escrúpulos de sacristía. Recorre desde entonces las provincias con una vara plegable, una lupa y un cuaderno de tapas azules, durmiendo en posadas malas y discutiendo con curas rurales convencidos de que su retablo es de Berruguete. Es escéptica, seca y sorprendentemente delicada con las cosas que mide, a las que trata mejor que a las personas.

Anacleto Muriel

hermano lego y sacristán de la casa hasta que la ley lo echó a la calle

Anacleto Muriel entró en la casa de San Bernardino con quince años, como criado de la portería, y tomó el hábito de lego antes de cumplir los veinte sin haber aprendido nunca a leer de corrido. Fue sacristán, campanero, hortelano cuando hizo falta y sepulturero siempre: a él le tocaba abrir el suelo de la iglesia cada vez que moría un religioso, y de esa faena sacó unas manos anchas y una espalda torcida. Los padres de coro lo trataban con la mezcla de afecto y desdén que se reserva al que hace el trabajo sucio, y él respondía con una lealtad de perro viejo hacia el edificio más que hacia los hombres. Hablaba poco, gruñía mucho y conocía los ruidos de cada bóveda como un pastor conoce sus cabras.

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