ExpedienteEXP. #012
La víctima
Berenguer Sentmenat
escribano mayor de la cancillería real · la residencia real de Alcira, la noche en que agoniza el rey don Jaime
En la residencia real de Alcira nadie se ha acostado esta noche. Tras la puerta de la cámara, el rey don Jaime lleva horas agonizando entre el olor del vinagre y de los cirios, y al otro lado se apiña una corte entera que no reza: cuenta villas, castillos y rentas, y espera. A la hora de maitines, un mozo que va a por lumbre encuentra al escribano mayor de la cancillería, Berenguer Sentmenat, derrumbado sobre el escaño de la escribanía, con la vela consumida hasta el candelero y los pergaminos que estaba poniendo en limpio revueltos bajo su brazo. No hay herida, ni sangre, ni señal de pelea; sólo el rostro oscuro y quieto, la boca entreabierta y un almohadón de la cámara real tirado en las losas, a un palmo de su mano. Desde la puerta hasta el corredor, un reguero de plumón blanco que nadie ha barrido todavía.
Se abrió el 27 de julio de 2026
4 sospechosos
Investigar este caso →El reparto
Quiénes estaban en la residencia real de Alcira, la noche en que agoniza el rey don Jaime aquella noche. Todos tienen su versión; uno miente.
Sancha Ferrándiz
dueña de la cámara real
Sancha Ferrándiz entró a servir en la casa real siendo una muchacha de Daroca a la que trajeron para coser, y acabó siendo dueña de cámara, que es el oficio de mandar sobre lienzos, arcas y doncellas y no rendir cuentas a nadie salvo a la reina. Sobrevivió a dos reinas y a un puñado de mayordomos, aprendió a leer lo justo para llevar el inventario de la ropa y crió a más de un infante en sus rodillas sin que jamás se le subiera a la cabeza. En la corte se la tenía por mujer de lengua áspera y mano firme, capaz de plantarle cara a un obispo por una sábana mal contada, y de las pocas que se atrevían a hablarle al rey sin bajar los ojos. Duerme poco y anda siempre con las llaves colgadas del cinto.
Guillem Despuig
monje del císter
Guillem Despuig tomó el hábito en Poblet siendo muy joven, tras una infancia de segundón en una casa hidalga del Penedés donde no había tierra que repartir. Pasó treinta años entre el escritorio y el archivo del monasterio, copiando privilegios y ordenando cartularios, y de aquel trabajo le quedó una devoción casi física por los documentos bien cosidos y una memoria de foliaciones que sus hermanos celebran y padecen a partes iguales. Es hombre de pocas palabras y ninguna prisa, que come poco, madruga sin quejarse y trata igual a un infante que a un mozo de cocina, no por humildad aprendida sino porque de verdad no ve la diferencia. Ha venido a Alcira con un encargo antiguo y sencillo, y espera cumplirlo sin ruido y volverse a su casa.
Jucef Abenxoa
físico judío de la corte
Jucef Abenxoa nació en la judería de Játiva, hijo y nieto de físicos, y se formó leyendo en romance y en árabe los tratados que su padre había copiado de mano. Entró al servicio de la casa real por recomendación de un baile que le debía la vida de un hijo, y desde entonces sigue a la corte de villa en villa con su arca de simples, sus lancetas y una escudilla de estaño que no presta a nadie. Es hombre meticuloso hasta la manía: anota en un cuadernillo el pulso y la orina de cada día, discute con los cirujanos y se enfada cuando alguien reza en vez de abrir la ventana. Vive con la conciencia exacta de lo poco que valen sus privilegios y de lo deprisa que se los pueden quitar, y por eso mide cada palabra que dice delante de un cristiano.
Blasco Aranyó
portero de cámara y hombre de armas de la mesnada
Blasco Aranyó nació en una aldea del somontano aragonés, hijo no reconocido de un ricohombre que lo mandó a la casa del rey siendo un chiquillo para quitárselo de delante. Empezó de mozo de establo y fue subiendo despacio, sin padrino que lo empujara: escudero, luego hombre de armas de la mesnada, y por fin portero de cámara, oficio que en aquella corte trashumante consistía en dormir vestido, conocer de memoria las caras que tenían paso y no tener casa propia en ningún sitio. Hombre callado y de mal beber, con fama de leal y de rencoroso a partes iguales, se le conocía la manía de contar en voz baja los escalones y las jambas de cada residencia donde le tocaba servir, como si midiera lo que nunca iba a ser suyo.